Entre consignas vacías y oportunismo puro, MC quedó exhibido como aliado del oficialismo
El cuento de la “nueva política” volvió a estrellarse con la realidad. Con 377 votos a favor, 102 en contra y cero abstenciones, la Cámara de Diputados aprobó en lo general la reforma electoral que modifica los artículos 115 y 116 y adiciona un párrafo al 134 constitucional. En esa votación, Movimiento Ciudadano se sumó a Morena y dejó claro que su pretendida diferencia con el oficialismo sirve más para campañas y espectaculares que para decisiones de fondo.
La reforma electoral llega en un momento particularmente delicado para el país. El debate sobre las reglas democráticas, el papel de las autoridades electorales y los límites del poder no es secundario ni decorativo. Es una discusión de fondo sobre la salud institucional de México. Por eso resultaba indispensable que quienes se dicen opositores actuaran con firmeza y no como comparsa de una mayoría empeñada en doblar cualquier resistencia.
Pero MC volvió a hacer exactamente lo contrario. El partido naranja eligió la ruta más cómoda: quedar bien con Morena, venderlo como pragmatismo y esperar que el ruido mediático tape el tamaño de la traición. Lo que hicieron no fue una jugada estratégica ni una postura sofisticada; fue una rendición política en toda forma. Y lo peor es que confirma un patrón que cada vez resulta más visible: cuando más se necesita oposición real, los naranjas desaparecen o terminan del lado del oficialismo.
La irritación que provoca esta votación no nace solo del resultado, sino del descaro. Porque Movimiento Ciudadano sigue lucrando con una imagen de rebeldía, pluralidad y frescura, mientras en el Congreso se comporta como un auxiliar del poder. Su narrativa se basa en despreciar a los demás partidos opositores, pero a la hora crucial termina votando como satélite de Morena, es decir, como exactamente aquello que dice combatir.
Esta fue, en los hechos, una estafa política a plena luz del día. A sus votantes les prometieron firmeza y les entregaron sometimiento. Les vendieron independencia y recibieron subordinación. Les ofrecieron una alternativa y terminaron viendo a un grupo parlamentario que sirvió de apoyo para una reforma altamente controvertida. La farsa naranja no solo se resquebraja: se desploma completa frente a un país que ya empieza a ver con claridad quiénes son y para quién trabajan.
